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LA CLAVE DEL ZAZEN

Publicado: 5 julio, 2012 en Pensamientos, Video Pensamientos

El zazen es una práctica del cuerpo y el espíritu que despierta nuestra fuerza vital, equilibra nuestras funciones cerebrales y sistema nervioso, al tiempo que armoniza al hombre con la naturaleza.

La esencia de la meditación zazen está en llevar al practicante a vivir en el momento presente, el “aquí y ahora”. Algo sumamente difícil en una sociedad como la nuestra en la que las personas viven embargadas por el miedo y la ansiedad ante el futuro, proyectando continuamente sus deseos de obtener más dinero, más amor, más belleza, más salud, más placer, más de todo. Y sin darse cuenta de que así sólo consiguen el efecto contrario: acumular estrés y perder su fuerza vital.

En un mundo como el nuestro, la meditación zazen, cuyos efectos más inmediatos son la quietud y el silencio interior, parece sacada de un cuento de ciencia-ficción y sin embargo precisamente porque estamos perdidos en una sociedad de vértigo consumista, la paz interna se antoja cada vez más necesaria para la salud de cuerpo y mente.

LA POSTURA DE BUDA

Nacida hace veinticinco siglos en el seno del budismo mahayana, este tipo de meditación no es una doctrina ni una filosofía. No consiste en una teoría, ni en un conocimiento intelectual, sino en la práctica de la postura en la que el Buda Sakya-muni alcanzó el despertar o iluminación (satori).

Buda no pretendía crear una nueva religión, si no hallar la forma en que el ser humano se liberara del sufrimiento y del dolor. Y, en su búsqueda, lo que encontró fue una posición, un modo de concentración y de respiración que llevan al vacío interior equilibrando cuerpo y espíritu. Por eso se dice del zazen que es una especie de medicina para las enfermedades de la naturaleza humana.

La palabra zazen significa por una parte “comprender la esencia del universo” (zen) y por otra, “sentarse sin moverse, como una montaña” (za). Para ejercitarse en este tipo de meditación los practicantes suelen sentarse frente a una pared y sobre un cojín redondo y duro llamado zafu, con las piernas cruzadas en la postura del loto o del semiloto. La pelvis ha de bascularse hacia adelante, de modo que las rodillas se apoyen en el suelo. La columna vertebral recta y la nuca estirada, la parte superior del cráneo empujando hacia el cielo y los hombros relajados.

Los ojos han de estar entornados, y la mirada ha de dirigirse hacia el suelo, mientras que la barbilla ha de estar recogida hacia el cuello y la lengua apretada contra el paladar. Las manos, con las palmas hacia arriba, se colocan sobre el regazo, en contacto con el abdomen, la izquierda sobre la derecha, los pulgares tocándose ligeramente por las yemas. Para empezar una sesión normal no suele durar más de una hora.

RESPIRACIÓN CONSCIENTE

La respiración es importante. Ha de ser tranquila y lenta, al tiempo que potente y natural. La inspiración ha de ser corta y normal, mientras que la espiración ha de ser larga y profunda. El practicante ha de tratar simplemente de ser consciente de su respiración sin forzarla ni pensar en ella. La postura en el zazen implica esfuerzo y dolor, sobre todo al principio, pero si se realiza de forma correcta la energía circula por todo el cuerpo incluidos determinados órganos que, a menudo y sin que seamos conscientes, permanecen bloqueados.

Tiene además incontables beneficios fisiológicos ya que las funciones cardíaca y respiratoria se regularizan gracias a la respiración y las ondas cerebrales entran en un ritmo alfa lento y zeta que reduce el estrés completamente. No menos importante es que con la práctica del zazen el estudiante acaba hallando el equilibrio de sus funciones cerebrales y la intuición y la creatividad se manifiestan libremente.

Por último al respirar de forma lenta y profunda los pensamientos confusos y personales desaparecen de la mente como las nubes desaparecen en un cielo claro. Es entonces cuando hay espacio y oportunidad para que surja el silencio interior y el espíritu se manifieste o, lo que es igual, para que la persona pueda regresar a su naturaleza original más allá de los deseos y apegos personales que le hacen sufrir y que por el sólo hecho de existir ha generado.

Cuando la postura y la respiración son correctas el practicante alcanza a atisbar en su interior la unidad con la conciencia cósmica. Se produce así una revolución interna que es difícil si no imposible describir con palabras pero que es palpable en todos los aspectos de la vida cotidiana. Ésta se vuelve más apacible y plena, la persona logra vivir el momento presente sin preocuparse por el pasado o el futuro, sin ansiedad ni miedo, sencillamente dejándose guiar por la infinita sabiduría del universo.

Música que nos invita a la meditación, nos lleva directamente a nuestro centro, que busca el contacto con nuestro ser.

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Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.

– Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro?. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

– ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después… Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

– E… encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

– Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

– Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

– ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

– ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.

– Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

– Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

Cuentos para pensar de Jorge Bucay