EL COLOR DE LAS AMAPOLAS (RELATO SOBRE LA IGUALDAD)

Publicado: 26 mayo, 2011 en Pensamientos

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La vida de Alfonso era como un regalo vacío en un cumpleaños, o una carta de amor sin destinatario: solitaria, triste, sin esperanza. Aunque, por suerte para él, esto no siempre había sido así. Tan solo un par de años atrás, Alfonso era un chico de catorce años de lo más normal; un chaval risueño, alegre, encantador. Sin embargo, muchas cosas habían cambiado desde entonces. Mas, para entender mejor ésta historia, convendría presentar primero al joven Alfonso.

Desde que era apenas un mozalbete rechoncho y desgreñado, sus amigos y compañeros de escuela le conocían cariñosamente por el mote de El Canica, apodo que caricaturizaba el abultado tamaño de su cabeza. Ahora, ya casi nadie le llamaba así. Es más, casi nadie se acordaba ya de él; el resto de muchachos de su edad andaban más preocupados en levantar las faldas de las chicas que en el bueno de Alfonso, que se había retraído tanto en su propio mundo, que sus tristes ojos verdes habían perdido incluso la vitalidad propia de la juventud.

Sin embargo, Alfonso no podía escapar de la realidad, y aunque no le agradase reconocerlo, era un chico responsable al que le gustaba atender sus obligaciones. Un nuevo curso comenzaba para El Canica a la par que desgranaban los últimos días de septiembre de 1946, y el verano iba quedando lentamente atrás, como un fugaz pestañeo en el vaivén de la memoria. Incluso podían verse ya en algunos árboles numerosas hojas que iban adoptando un tono rojizo, advirtiendo de la proximidad del otoño.

Un nuevo año, pero sin embargo, la misma soledad acunando las horas de la vida de Alfonso. Por eso, cada mañana, al llegar la hora del recreo, El Canica corría a sentarse en el banco más apartado del patio, situado junto a unas acacias de coloridas flores colgantes; corría para observar con admiración el majestuoso azul del cielo y el vibrante color de las flores, le gustaban especialmente las amapolas, con sus tonos escarlata y sus pétalos aterciopelados. Día tras día Alfonso contemplaba anonadado la belleza del mundo que le rodeaba, apenado por no saber disfrutarlo; por no poder enseñárselo por él mismo a su amiga Elisa.

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Eran tiempos duros, de hambre, de pobreza; aderezados con tristeza, bien por la pérdida de seres queridos en la guerra, bien por la soledad de las horas, de las nubes o de las inocuas palabras que silbando vienen y vacías se van. Tiempos difíciles para cualquiera, pero más aún para un chaval de dieciséis años que había aprendido a tolerar la melancolía con la peligrosa clarividencia de los poetas. Pero el destino, ruin tantas veces, y juguetón otras tantas le guardaba una agradable sorpresa a Alfonso; un regalo de largos cabellos negros repletos de tirabuzones y ojos de color miel.

.- ¿Puedo sentarme?

Una voz dulce como la melaza recorrió la espalda de Alfonso, colándose con suavidad en sus oídos. Desacostumbrado a la compañía, el chico se giró ligeramente, inclinando la cabeza hacia atrás. Una preciosa muchacha le observaba expectante, con las manos sujetando el dobladillo de su ribeteada falda. Alfonso no respondió aunque le hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

.- Me llamo Julia.

La joven acercó con delicadeza su boca a la oreja derecha de Alfonso. Sus renegridos rizos le rozaron la piel, embriagándolo con un olor a melocotón fresco; y sus labios desprendieron un calor tan olvidado por el chico, que mientras Julia le susurraba su nombre, el vello de los brazos se le erizó con violencia.

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.- Ho…Hola Julia, yo soy Alfonso- balbuceó torpemente El Canica, sin atreverse a mirar a la bonita muchacha que tenía sentada a su lado.

.- ¿Por qué estás sentando aquí, tú solo?- preguntó con inocencia la joven.

Alfonso reflexionó por unos segundos, temeroso de que una mala respuesta pudiese espantar la melodiosa voz que lo acompañaba. Justo antes de contestar, El Canica suspiró profundamente y por primera vez miró a los ojos de Julia; que lo observaba en silencio a la vez que balanceaba unas delgadas y pálidas piernas por debajo del banco.

.-Desde que Elisa se fue, nadie quiere jugar conmigo, vengo aquí a observar las flores. ¿Ves que rojas y bonitas son las amapolas?-Alfonso señaló a una orquesta de flores de colores, entre las que destacaban un grupo de amapolas.

– Y Elisa, ¿adonde fue?- preguntó Julia, ignorando el último comentario de Alfonso sobre las amapolas.

Mi madre siempre me dice que se fue al cielo, pero no es verdad, la mataron porque era hija de maestros republicanos y las hijas de padres y madres republicanos no merecen vivir; todo el mundo sabe eso, ¿tú no?- contestó Alfonso con el dolor contrayéndole el alma.

.- ¿Debería saberlo?- cuestionó nuevamente la joven, aunque ésta vez con el ceño ligeramente fruncido.

.-Sí, deberías, lo dicen siempre por ahí y muchos: “las mujeres son un ser inferior al hombre, y por lo tanto, deberemos tratarlas como tal”. ¿De verdad no lo sabías?

.- ¡No! No lo sabía. Además, para considerarnos seres inferiores parece que tú echas mucho de menos a Elisa- Julia clavó sus ojos en Alfonso, que le devolvió la mirada con unos ojos vidriosos muy cercanos al llanto.

.- ¡Yo no he dicho eso! – gritó Alfonso mientras se levantaba del banco con un aparatoso respingo- te digo lo que hay que saber, no lo que yo creo; Elisa era mi amiga y era más importante que cualquiera de los chicos de la escuela. No pasa un segundo en el que no añore sus manos, su sonrisa o el brillo de sus ojos… ¡si todos fuésemos iguales no tendría que echarla de menos!  

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Viendo que sus palabras habían hecho mella en el ánimo de Alfonso, y sintiéndose culpable por ello; Julia agarró la mano izquierda del joven, lo sentó nuevamente a su lado y le dio un cálido abrazo. El sentir el pecho de la muchacha junto al suyo, el escuchar su respiración, y en definitiva, el tenerla tan cerca; amainó la furia de Alfonso, que se rindió a los brazos de Julia.

.- Lo siento, no quise ofenderte. Es solo que me cuesta entender que alguien pueda menospreciar a otro únicamente por ser mujer, ¿por qué yo no puedo jugar al fútbol como los demás chicos?- la preciosa voz de Julia se quebró al sentir la injusticia en sus palabras.

Alfonso no supo que responder y se limitó a encogerse de hombros mientras dejaba que su mirada se perdiese entre la floresta que adornaba el patio de la escuela.

.- Puede que algún día yo también pueda jugar al fútbol, ¿te lo imaginas?- el tono de Julia recuperó su timbre habitual, con su mezcla perfecta de dulzura y alegría.

.- Tal vez, aunque yo prefiero las flores, ¿tienes alguna preferida?- preguntó Alfonso, mucho más sosegado que en su anterior intervención.

.- Sí, claro, mis favoritas son las amapolas.

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Mientras hablaba, la mirada de la chica buscó los esmeraldinos ojos de Alfonso, que instintivamente esbozó una sonrisa de paz, como si tras muchos años de travesía por el peor de los desiertos hubiera alcanzado la tierra prometida. Desde ése día, Alfonso nunca volvió a sentirse solo; y aunque cada domingo siguiera visitando la tumba de Elisa y llevándole un ramo de flores, no avino un día más hasta su vida en el que volviera a sentir el tormento de la melancolía.

Muchos años más tarde, Alfonso y Julia se casaron y montaron juntos una floristería. Un hombre y una mujer trabajando codo con codo, con la misma relevancia, con el mismo salario; con los mismos sueños y las mismas ilusiones.

Una floristería que llevaría por nombre:

EL COLOR DE LAS AMAPOLAS

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AUTOR: Wabebly, escrito en Internet el 14 de octubre de 2009

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comentarios
  1. rosa avila dice:

    muy linda historia….algún día conoceré las amapolas

  2. scotty dice:

    enternecedora historia que me ha emocinado con final feliz.\\//.

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